La discusión había sido pequeña.
De esas que no rompen… pero sí tensan.
Pasaron el día evitándose apenas. Rozándose sin intención clara.
Ella sabía que él la estaba mirando más de lo normal.
Él sabía que ella lo notaba.
Cuando cerraron la puerta de la habitación, el silencio ya no era incómodo. Era eléctrico.
Ella se quitó los aretes primero. Luego los zapatos.
Lento.
Sin dejar de sostenerle la mirada.
—¿Qué haces? —preguntó él, la voz ligeramente más grave.
Ella no respondió.
Se acercó lo suficiente para que pudiera sentir el calor que subía por su cuello. Sus dedos rozaron el botón de su camisa, desabrochándolo con calma provocadora. No había prisa. Había intención.
Cuando sus manos bajaron por su torso y se detuvieron justo antes de donde él más reaccionaba, sonrió apenas.
Él la tomó de la cintura y la acercó con firmeza. Sus cuerpos se alinearon. La fricción fue inevitable.
La tela empezó a estorbar.
Ella sintió cómo su respiración cambiaba cuando él recorrió su cuello con la boca, descendiendo despacio, como si disfrutara verla estremecerse.
Sus piernas cedieron un poco cuando la levantó contra la pared. El contacto fue más directo. Más intenso.
No llegaron a la cama de inmediato.
Porque a veces el deseo necesita espacio para crecer.
Cuando finalmente cayeron sobre las sábanas, ya no había enojo.
Solo piel caliente, manos que sabían exactamente dónde quedarse…
y esa sensación profunda de que el deseo también puede reconciliar.


