Ella se quedó de pie frente al espejo más tiempo de lo normal.
La lencería abrazaba su cuerpo con suavidad. No ocultaba. Sugerían.
Sus manos recorrieron sus propias curvas primero, reconociéndose.
Él la observaba desde la cama, sin interrumpir.
El silencio estaba lleno de respiración contenida.
Cuando ella deslizó los dedos más abajo, su propio cuerpo respondió con un suspiro involuntario. Ver su reflejo sentir la encendía más que cualquier caricia externa.
Él se levantó despacio, acercándose por detrás.
No la tocó de inmediato.
Primero dejó que su aliento cálido rozara su hombro.
Luego sus manos, firmes pero pacientes, comenzaron a dibujar el contorno de su cintura.
Ella cerró los ojos un segundo… y los volvió a abrir.
Quería mirarse mientras sentía.
Sus dedos se entrelazaron con los de él, guiándolos un poco más abajo, marcando el ritmo.
El espejo devolvía la imagen de dos cuerpos moviéndose con lentitud estudiada.
La tensión crecía con cada pausa.
Cuando él finalmente la giró hacia sí y la besó con hambre contenida, la lencería ya no cumplía función alguna.
Cayó al suelo como un secreto revelado.
Y frente al espejo, sin esconderse, se entregó al ritmo que sus cuerpos pedían…
más lento… más profundo… más consciente.


